En el cementerio del pueblo siempre me llamaba mucho la atención una joven que cada mañana permanecía sentada a los pies de un nicho. En ocasiones la había visto llorando. La mayor parte de las veces lloraba desconsoladamente, sin poder parar, intentaba contener las lágrimas, pero éstas no se resistían a recorrer su rostro desde el lagrimal hasta la barbilla, cayendo más tarde sobre su regazo. Nunca me atreví a preguntarle nada a esa mujer, aunque no sé si podría llamarle mujer. Pues ella era demasiado joven, no debía superar los veinte años de edad.Un lunes, como cada día laborable, pasé a la misma hora de siempre pero no la vi en el cementerio. Me extrañó pero no le di demasiada importancia. El día siguiente seguí sin verla, y así durante toda la semana. Fue entonces cuando decidí preguntar por ella a su vecino Pablo. Él me respondió fríamente que había fallecido a causa de una sobredosis y que la habían encontrado estirada sobre la cama, abrazada a un retrato fotográfico de un hombre vestido de militar.Decidí investigar y preguntar sobre todo ese extraño suceso. Al cabo de un tiempo investigando, supe toda la verdad. La hermosa joven sufría por amor, había perdido al único hombre que había amado en su corta vida. Ese muchacho le había dado todo. Le había entregado todo el amor que pudo, cariño, felicidad, hogar…Cuando él falleció, la chica sintió un gran vacío en su interior, como si toda su vida hubiese marchado para no volver, como si el presente no existiera, como si el futuro nunca fuese a llegar. No podía imaginarse las noches con el otro lado de la cama vacía, ni un plato menos que servir. No se hacía la idea de no tener su mano para cogerla cuando la necesitara, ni unos labios que besar, ni un rostro que acariciar. Ella se marchitaba como una bella flor al llegar el otoño, hasta que llegó el invierno y la congeló. Él ya no estaba allí y con él había marchado su alma y su corazón.
En el cementerio del pueblo siempre me llamaba mucho la atención una joven que cada mañana permanecía sentada a los pies de un nicho. En ocasiones la había visto llorando. La mayor parte de las veces lloraba desconsoladamente, sin poder parar, intentaba contener las lágrimas, pero éstas no se resistían a recorrer su rostro desde el lagrimal hasta la barbilla, cayendo más tarde sobre su regazo. Nunca me atreví a preguntarle nada a esa mujer, aunque no sé si podría llamarle mujer. Pues ella era demasiado joven, no debía superar los veinte años de edad.Un lunes, como cada día laborable, pasé a la misma hora de siempre pero no la vi en el cementerio. Me extrañó pero no le di demasiada importancia. El día siguiente seguí sin verla, y así durante toda la semana. Fue entonces cuando decidí preguntar por ella a su vecino Pablo. Él me respondió fríamente que había fallecido a causa de una sobredosis y que la habían encontrado estirada sobre la cama, abrazada a un retrato fotográfico de un hombre vestido de militar.Decidí investigar y preguntar sobre todo ese extraño suceso. Al cabo de un tiempo investigando, supe toda la verdad. La hermosa joven sufría por amor, había perdido al único hombre que había amado en su corta vida. Ese muchacho le había dado todo. Le había entregado todo el amor que pudo, cariño, felicidad, hogar…Cuando él falleció, la chica sintió un gran vacío en su interior, como si toda su vida hubiese marchado para no volver, como si el presente no existiera, como si el futuro nunca fuese a llegar. No podía imaginarse las noches con el otro lado de la cama vacía, ni un plato menos que servir. No se hacía la idea de no tener su mano para cogerla cuando la necesitara, ni unos labios que besar, ni un rostro que acariciar. Ella se marchitaba como una bella flor al llegar el otoño, hasta que llegó el invierno y la congeló. Él ya no estaba allí y con él había marchado su alma y su corazón.